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Relatos o cuentos que tienen que ver con el chatear. Estas fueron enviadas al correo de la página por gente conocida o rescatadas por ahi. Si querés que figure la tuya simplemente enviámela.
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LILIANA CHATEA (autor que prefirió quedar en el anonimato)
Querido(a):
Te cuento la historia prometida.
Liliana chatea. Todo el día y toda la noche, salvo cuando duerme, come o va al baño. Se pajea mientras chatea, claro. No siempre ... solo cuando se motiva. Es una perfecta chatera pajera.
Chatea en varios servidores. Dentro de éstos, en diversas salas. Y en cada una de ellas entra, una y otra vez, con variados nicks. Es una experta. Una sibarita del chat. Una adicta.
Usa el micrófono y la camarita. Tiene todos los “jeitos”. Es una experta, dije.
Su ex marido le pasa una pensión. Su padre tiene dinero. No tiene hijos. Tampoco tiene amigas, salvo las otras chateras profesionales.
Diana, su empleada doméstica, viene todos los días. Frente a Diana, Liliana se comporta (con gran sacrificio) como si fuera normal. No detona. Pero a partir de las 6 de la tarde, cuando queda sola, se pone loca. Quiero decir ... “se produce” para la cámara, se excita, se carga las pilas.
Obviamente, Lilianita es muy puta. Puta y lesbiana. Bisexual. Pero siempre por chat. Ella se la “autopone”. Sí. Tiene dos o tres adminículos ( bah, vergas postizas ) que se los encaja diariamente. Además de usar el dedo mayor de su mano derecha de manera experta.
Su velluda y carnosa cotorra ha sido vista por decenas de chateros por todo el orbe. Su culo y sus tetas, obviamente, también. Ella no niega nada, aunque lo hace desear, como corresponde a una verdadera dama. A una verdadera dama puta.
¿ Para qué contarte la historia de Liliana ? Mmm... no se. Es (un poco) rara.
Sigo.
Liliana es muy imaginativa. Por ejemplo, con respecto al vestuario. Ha chateado vestida de bebé, de escolar, de liceal, de enfermera, de yira, de lo que se te pueda ocurrir.
Sus chatereadas con el pajero de Enrico, vestida de bebé, son antológicas. Tanto y tanto jodía el viejo diciéndole “mi bebé” que, una tarde, ella decidió “ser” eso ... una bebé. Se le apareció en la pantalla al tipo totalmente desnudita, pero con pañales descartables y un babero. Muy fuerte. La tipa en el piso, en posición de gateo, con las tetas arrastrando por el piso. Juas. Con un chupete colgando, obvio. Y agarrando la mamadera. “ Paaa ... queroleshita “ le gritaba con voz de bebotita a don Enrico. Ji. Le mostraba la mamadera vacía y repetía una y otra vez el “queroleshitaaaa”. Terminó metiéndose toda la mamadera .... ni precisa que te lo cuente, ya te lo habías imaginado, claro.
Lo mejor de todo es que la gran puta estaba buena. Está buena. Es un caballo. Alta, flaca pero carnosa. Una morocha de cara angelical y exuberantes senos. Con colita parada, durita. Labios tipo Angelina Jolie o Jollie, yo que sé ... bien de puta. Veintiséis añitos, sep. Se separó del hombre probo que es el esposo a los veinticuatro. Ya chateaba cuando se separó. Pero a partir de ahí, se desacató. Le entró fuerte y duro al Interné.
Tiene 3 consoladores que son sus favoritos. Uno es convencional. Pero lo ama. Es el primero que tuvo. A pilas y de gran tamaño. Una perfecta pija-réplica-ideal.
Otro es un juguete. Sí, un juguete. Una marioneta. Tiene la cara de un pendejo libidinoso de lengua afuera el títere. Ella lo maneja hábilmente ... lo introduce en su vagina jugosa. Pero también puede hacer que se le mueva la lengua y acaricie su clítoris.
Finalmente, adora también a su “bombachita”. Es una tanga roja con estrellitas doradas que tiene cosidas dos pijas. La grande para la cotorra y la chica para el culito. Ha llegado a chatear 6 horas con el coso ese puesto. Cuando se lo saca, frente a cámaras, y se lo muestra a un ocasional interlocutor ... bue, imaginate, el tipo “pira”. No hay cosa más excitante para un ciberpajero que ver a la mina sacarse la bombacha esa ... con la pija chica sucia de caquita. Se, se, se. Mueren con eso.
Liliana ha llegado a introducir la camarita web y una linterna, ambas al mismo tiempo, en su cacerola. Todo sea por la felicidad del que está “del otro lado”. Es muy generosa.
Ah, casi me olvido. ¡ Como gime y grita ! Es una experta. Nunca supe si actúa o no. Pero enloquece “al contrario”. Sea éste hombre o mujer. Sep. Es una voz muy erótica. Y dice chanchadas. Muchas. Variadas. Re re chanchas chanchadas dice la Lilí.
¿ Qué target prefiere me preguntás ? Ah ... no le hace asco a nada. Tiene días que caza pendejos. Otras veces recién casados, yupis de traje nuevo, empleados públicos, judíos pecosos y fofos, flacos granientos y nerds ... lo que venga. Y gordas también. Le encantan las gordas. Dice que le gustan las gordas porque son más putas que ella. Pero los viejos son su plato preferido. El asombro de los viejos frente a su putez le apasiona. Sep. “No hay cosa más bella y creativa que lograr que un viejo se pajee en mi pantalla”, dice la tierna Liliana a sus ciberamigas más cómplices. Una vez, vestida de monja, cazó a un viejo que creyó que la estaba pervirtiendo. Juas !!! Cómo se divirtió la muy cotorruda esa madrugada de invierno !!! El tipo estuvo como siete horas para “pervertirla”, ji. Cuando ella, finalmente, se sacó la negra túnica y le mostró sus pechos, el tipo creyó enloquecer. Dos inmensas tetas de grandes pezones oscuros. Una de las tetas con un tatuaje .... una pija con armadura de cuero y tachas de acero grabada ahí, en ese tetón. Ahí el vejete se dio cuenta que era una monja falsa, shuta.
¿ Historias con mujeres ? Ya te dije. Le gustan las mujeres también. Cualquier bicho que chatee, le encanta. Dejame ver cual te cuento. Pah, sí. Cuando se enamoró de Anita. Una pendeja. Una nenita de 15 años. La muy yegua le dirigía las pajas. Como la nena era muy flaquita y flexible, la guió para que se pajeara con el dedo gordo del pie. Otra noche, la llevó al llanto obligándola a meterse un pepino en el culito. Pobre culito tierno, como sufrió. O sufrieron. El culito y Anita. Y la mamá de Anita cuando vio que la manteca que había comprado se había esfumado, ufa. Pero bué ... así es el amor.
La única persona que ve “en vivo” a Lilí, además de la tal Diana, es su proveedor. El que le trae la sustancia. A veces, si pinta, se deja coger por Diego. Es más, han cogido frente a cámaras para goce de sus amigas del MSN. Pero no siente nada por él. De hecho, el hombre es bastante desagradable. Un flaco narigón con panza. Y para colmo, sin cuello y un tanto encorvadito. Una calamidad, la verdad. Pero el tipejo está siempre listo, yo creo que tiene siempre puesto el condón. Sep, es un alzado.
Diego la ha llegado a proveer de cocaina, éxtasis, pelpas y otras sustancias sin cobrarle, por meses. Ella le paga dejándose dar. Siempre y cuando pueda seguir chateando mientras garchan, claro. El chat está primero. La dura minipija del babeante eyaculador precoz no la motiva en lo más mínimo ... pero bue. Es un amigo. Un amigo de encondonado y blanco pene.
Ah, me olvidaba.
Otra “predilección” de la la señora es mear y cagar “a pedido”. O flagelarse. También eso.
Con Checho, el dueño de una boite de Rosario, Argentina, intercambiaban vistas de sus cacas. Él cagaba para ella, y viceversa. Las camaritas transportaban las olorientas mierdas a través del éter, hasta la pantalla del partenaire.
¿ Pichí ? Sí. Ha meado en jarras de cerveza y en copas de vino. Pero tomárselo no. Y en vasos, nunca. No le gusta mear en vasos, menos si son esos que fueron de dulce de leche o queso requesón Conaprole. Solo a pedido de Justina se toma el pipí la Lilí. Justy es una gorda de la Unión que se penetraba con un palo de amasar si nuestra dama se tomaba el pichí. Liliana se enternecía cuando veía las lágrimas de la obesa madre de cuatro niños ... el palo estaba salado (las tortafritas también le quedaron saladas ... no lavó el palo, la muy cerda, pero a los nenes les gustaron).
Y las flagelaciones ?
No, no me animo. Me da “cosa” contarte. Por ahí te impresionás. Sos medio floji floji vos.
Bue, tá bien. Te cuento la más suave. Fue el 24 de diciembre pasado. La blanca le había pegado mal a la Lilí. Tres palancas al hilo y más de media botella de tequila. Estaba de discusión con un rumano que hablaba perfecto inglés. Él le decía que nunca había visto pezones más negros, grandes y parados que los de ella. No se como se dice “pezón” en inglés ... pero bue, vos sabrás (o no). Ella le decía que no había visto cabeza de pija más gorda y roja que la de él. El “rumanian-boy” estaba con hachís. Era un empate. Pintó tajo. Y pintó con fuerza.
El hombre hizo salir sangre de su glande con una reluciente Wilkinson ... de las de antes. Nuestra heroína utilizó una pinza de cejas para arrancarse un trocito de pezón. Fueron felices.
¿ Qué otra ternura te puedo contar ?
Ah, sí. Ya me acuerdo de una.
Cuando fue cibernovia del diplomático norteamericano en Lima. Ahí sí hubo intercambio de “cuerpos”. Él era agregado militar en la embajada de EE UU en Perú. Un negro alto, inmenso, lindo. Lleno de condecoraciones. Había sido piloto en Viet Nam, piloto de un halcón negro, con grado de Coronel. Cayó herido en combate y fue prisionero del Viet Cong un tiempo bastante breve, pero le dio para ganarse todas las condecoraciones. Chatearon por meses. Creo que estaban enamoradas. Como te decía, el desenlace fue muy tierno. Liliana le mandó sus piernas ortopédicas por FED-EX (las de carne se las amputaron después que su exmarido, en pedo, chocó la bemba contra la entrada de un puente angosto, en ruta 2) y Michael le envió por WORLD-COURIER o DHL (no me acuerdo) su pene de siliconas y carbono (el prodigioso miembro de negro de Harlem que había sido su orgullo juvenil fue arrancado con bisturí por un vietcong chiquitito y cincuentón un tanto sanguinario, ufa).
Amigo(a) ... te mando el e-mail de Lilí por si querés conocerla: amormiodevolvemelasgambas@adinet.com.uy
Saludos cordiales,
Yo, tu amigo.
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EL ÚLTIMO CUENTO (autor que prefirió quedar en el anonimato, el mismo de la narración anterior)
El tipo nunca había escrito un cuento. Esa noche de temporal (viento, frío y lluvia, a pesar de la primavera) Ignacio se sentó frente a la computadora. Sabía que era tan burro como para que no le “saliera” un cuento, sino un mamarracho. Pero como se odiaba lo suficiente, había dormido siesta, estaba atado a su casa, no disponía ya de Internet, la antena de la TV estaba rota y, sobretodo, los pajeros que hablan por radio a esta hora se habían confabulado en su contra, se dijo: “hoy voy a escribir un cuento ... uno lo suficientemente malo como para que sea el primero y el último”.
No habiendo una idea en su cabeza que ameritara una historia, la tarea se complicaba. Tomó un minilibro, al azar, de la raleada bibliotequita de mierda. Sólo para leer el título. ¡ La concha de la lora ! ASIMOV: Los lagartos terribles. No sólo el autor le sonaba impresionante; también el título. Si lo abría, pasaría que ni lo leería (nunca lee el muy turro) ni tampoco escribiría. Qué título que tiene el cosito, la gran puta, pensó el escribidor virgen. Casi se deprime (más) ...
Para concebir un cuento, supuso, se debe tener una historia. Si ésta no existe, por lo menos un género. Policial, infantil, fantástico, terror, etc. Pero un escriba virgen con orejas de asno ... mmm... ni género tiene. ¡ Qué va a tener ! Ni género, ni historia, ni personajes ... pero bue. Peor sería que no tuviera teclado, o dedos.
Tenía tiempo, eso sí. Una hora o más, lo que no es poco para un verborrágico vacuo. La barriga llena de vino, la copa vacía y la botella de litro y medio bastante “sustantiva” estaban a su favor. Una cantidad insuficiente de cigarrillos Coronado, en cambio, semejaban un freno o una valla. En la cabeza del tipo seguía dando vueltas el dolor en un diente. Si es feo tener una muela con caries, pensó, peor debe ser esto, que la caries esté en un diente.
El vino, los cigarrillos, el diente, el teclado, los dedos y los lagartos terribles. Y las orejas de burro. De ahí, más que un cuento, podría salir una carta de suicidio, una de esas que comienzan con “señor Juez”. Pero no era una buena noche para suicidarse. A las 5 y 20 sonaría el despertador, ya que su hijo tendría excursión escolar a partir de las 6. Una visita a Colonia. Así que el viajerito habíase quedado a dormir en la casa del escritor virgen y vacío. En eso, suena el teléfono. El número era desconocido, atendió igual.
Era una voz estúpida, de una mina estúpida. Número equivocado. Pero, ya que estaban, comenzaron a hablar. El orejas de burro disfrutaba cuando hablaba por teléfono con estúpidos (se sentía “listo”) así que le dio bola a la doña. Al poco rato, esa voz con tendencia a suprimir sonidos imprescindibles, como la ese de compás y la jota de reloj, o la uve de obvio, le encaja un “¿ qué opinás del incesto ?”.
El sujeto levanta la vista y recorre la habitación. Mira un inmundo poster de Elvis Presley (bah, no tan inmundo) y un par de reproducciones de obras pictóricas de la madre de algunos de sus hijos. “Ojos enrojecidos en mapa que no se entiende” muestra una mujer desnuda arrodillada, quizás en la arena. Tiene una larga cola que se enrosca en una de sus piernas. La otra obra también incluye una mujer desnuda y con larga cola animal. Pero esta mujer es roja. Y está agazapada en una azotea ... comparte esas baldosas ajedrecísticas con un plumífero blanco ... a lo mejor, el cisne en que se corporizó Zeus para presentarse ante Leda. Detrás, el viejo hotel Colón los vigila.
¿ Qué mierda opino del incesto ?. Yo que sé, pensó. Si esta vejiga me quiere alquilar ... ufa.
La verdad que no tenía opinión de casi nada. O, mejor dicho, tenía opinión de todo, pero no muy convencido. El incesto de esta gorda (la “opción por defecto” de Nacho respecto de las mujeres desconocidas era esa: gorda) lo tenía sin cuidado. Cualquiera hubiera tenido curiosidad por saber a que tipo de incesto se refería. Pero él, no. Le chupaba un huevo. Sintió la necesidad de sugerirle que se hiciera dar por un burro. Pero no lo hizo. Si la gorda se daba cuenta que él era un burro, iba a sentirse invitada, capaz. Así son las mujeres (algunas). Siempre sintiéndose invitadas.
Sea como sea, y a pesar de su curiosidad cero, el hombre no cortó. Probablemente dilataba con ello comenzar a escribir el cuento, el último cuento.
Siguió, por lo tanto, la estúpida conversación con la gorda incestuosa. La mujer hablaba, él escuchaba. De tanto en tanto metía unos “ajá” y unos “sí, entiendo”. Antes de ir al grano, la susodicha necesitó prologar su sentida confesión con otra de “menor cuantía”. Relató que, hacía ya bastante tiempo, una amiga la había besado. En la boca. Y que ella no se sintió mancillada, aunque tampoco muy motivada. Su amiga era muy fea, aclaró.
Ignacio oscilaba entre un “que he hecho yo para merecer esto” y un pensamiento bastante más optimista: por ahí la gorda le daba la historia para el último cuentito, y todos felices. En realidad, hacía tiempo que la senilidad lo había alejado del erotismo. Más aun de una truculenta historia con una vaca incestuosa y bocona como protagonista. Se quedó más bien con la opinión de que la llamada de la comedora de eses finales era un mensaje del más allá ... lo suyo no sería escribir, nunca.
No se deprimió. No se deprimió más de lo que estaba, por lo menos. Y siguió escuchando, aunque sin ningún interés. Como quién escucha a una pareja de mormones paraditos al lado de sus pulcras bicis, con las camisas blancas de mangas cortas y los anatómicos y livianos cascos de ciclista. Y las corbatas azules.
Intentó ponerle un rostro a la cuarentona. Le puso, una tras otra, el de sus ciberamiguitas, las señoras con las cuales el tipo había perdido el tiempo chateando, alguna vez. Pero no se quedó con ninguna cara. Le chupaba un huevo, también eso. Decidió servirse otra copa de vino. Si su destino era éste, confesar gordas, lo haría mamado.
Contó los cigarrillos. Quedaban pocos, muy pocos.
Se sintió más al pedo que escribiendo una basura inconclusa para nadie, escuchando a esta gorda infame. Bueno, gorda de mierda, decime a quién te cogés, dale. Se lo dijo con otras palabras, para no espantarla todavía.
La pecadora dijo tener 40 años de edad, estar casada y tener un hijo. El cogido era su hermano, también casado, de 37. Compartían sexo esporádicamente, siempre en hoteles de alta rotatividad, desde hacía unos cinco años. Ignacio, recordando sus épocas de chatero profesional, la interrogó acerca de peso y altura. 173 cms. y 75 kgs. ... efectivamente era una gordita (poco grasosa, pero obesa al fin). La alta gorda puta, con un marido cornudo y un hermanito mimoso.
Ignacio no precisaba interrogar. La mujer hablaba y hablaba. Cada tanto, ella inquiría su opinión. Que si era una chancha, que si era una degenerada, etc. “Degenerado es el jefe que se coge a la secretaria sabiendo que ésta acepta a disgusto para conservar el empleo y, quizás, conseguir un aumento” le contestó. La estúpida se sintió alentada, estaba hablando con un señor “amplio y liberal” que, seguramente, podría comprenderla y, quizás, hasta justificarla y perdonarla. Juas, rió él “para adentro”.
La anónima mujer seguía y seguía. Era una catarata de frases. Una máquina de hablar. El hombre no se inmutaba. Escuchaba. Pero no sentía nada. Se sentía un inútil nada más. Inútil escribiendo e inútil escuchando. Sobretodo, inútil sintiendo. Ella, en cambio, estaba cada vez más entusiasmada. Había decidido llamar a cualquier desconocido para confesarse ... y había encontrado un señor encantador que la escuchaba atentamente y, de tanto en tanto, la hacía alguna acotación sagaz.
La diablita de manos garrosas parecía mirar a Ignacio desde la pared del cuarto y cambiar levemente su expresión, de tanto en tanto. “Ojos enrojecidos” también escudriñaba un poco el asunto ... los largos brazos se apretaban contra su cuerpo, como quién siente un “chucho” de frío.
Él miró la hora y volvió a contar los cigarrillos. Reflexionó que esta charla de medianoche era tan al pedo como mirar a Tinelli o No Toca Botón en la tele. Que si nunca hacía eso, porqué, en cambio, escuchaba a esta gorda vejiga. Estuvo a punto de irse para el cuarto y encender la radio. Amaba la total imposibilidad de don Baillo para construir oraciones inteligibles y lo había elegido a él y sus monos de circo de la 890 A.M. como sus ángeles del sueño, como los popes de un asumido y volitivo proceso de bestialización cultural. Los “emmmmm” del periodista deportivo le parecían más excitantes que los amagues orgiásticos del manosanta y los primeros planos de Marcelito arreglándose el cabello; la inocente agresión al idioma cervantino le hacían dormir con una sonrisa en los labios, como la que deben tener los viejos que quedan secos en un quilombo de campaña haciéndose chupar la pija por una puta de dieciséis añitos. Pero bueno, ya estaba jugado. Iba a seguir escuchando a la incestuosa dama hasta que se acabaran los cigarrillos. Y se iría a dormir, previo verificar que la radio-reloj tuviera el despertador puesto a la hora elegida por su hijo, las 5 y 20.
El diente latía cada tanto, pero con menor frecuencia que antes. La garganta presumiblemente cancerosa, en cambio, apretaba y molestaba de manera creciente. Un cigarrillo detrás de otro, para mantenerlo despierto a pesar del vino, provocaba ese efecto “ahorcado”.
Ignacio le pidió un minuto a la gorda para hacer pichí. Se estaba meando, casi.
De vuelta hacia el teléfono, aprovechó para mirar a su hijo que dormía plácidamente. Y se persignó. Siempre lo hacía, más de una vez al día, para ahuyentar fantasmas y tragedias.
Se disculpó con la mujer del teléfono por la demora y tomó la iniciativa. Hizo una especie de balance de todo lo que había escuchado. Algo breve, aséptico, objetivo. Ella pareció sentirse complacida por el resumen.
Parece que el frustrado “escritor de un cuento” ya había decidido irse a dormir con Baillo, y meterse el cuento en el orto. Nunca había querido escribir uno hasta hoy, y ya se le habían ido las ganas de hacerlo. A esta altura de la noche, además del diente y la garganta, habían empezado a dolerle el hígado y el ulceroso duodeno. No tenía ninguna curiosidad, como ya se ha dicho, respecto de Hansel y Gretel II, así que el Nacho decide que ya es tiempo de mandar la gorda a higienizarse los senos y a fornicar con un burro.
Pero el embalaje de la kilosa corredora hacía recordar a los de Wynants en Australia ... ya estaba describiendo animadamente como colocaba con cariño el miembro viril del hermanito en su ano, sentada sobre él, mientras se miraba, cabeza hacia atrás, en el espejo del techo del telo. Y como esa ceremonia que repetía cada dos o tres meses, año tras año, le resultaba tan gratificante.
Tanto amor le resultaba al interlocutor absolutamente intrascendente, además de demasiado edulcorado. Le chupaba un huevo. Cortó y se fue a dormir.
Ratificó la hora del despertador y que la alarma estuviera encendida. Miró la cajilla de Coronado con preocupación. Quedaba un solo pucho allí. Se estaba fumando el penúltimo, entonces. La panza latía, el diente latía ... el reloj ... el reloj no latía porque era digital, eléctrico. “Esos” no laten.
Ring. La gorda de nuevo.
Ignacio bajó el volumen del inefable análisis que de la táctica de JR hacía
Baillo a la 1 y 25 de la madrugada ... miércoles previo al sábado de Uruguay versus Chile por las eliminatorias. No me fumo a la hermanita incestuosa ya más, pensó. Pero ella sí quería más. Más comprensión, más aprobación.
Él razonó que debía pasar del toque en la media cancha a un incisivo ataque. Sino, esto terminaba empatado, y necesitaba dormir “esas” cuatro horas antes de que sonara el aparato que no latía. Podía dejar el tubo del teléfono sin colgar ... pero un amiguito de su hijo llamaría para despertarlo por si el objeto especializado fallaba. Así que Nacho le dijo a la señora que si bien no estaba mal que se cogiera a su hermano, ya que nadie lo sabía ni lo sabría jamás y ellos eran un par de idiotas inmorales y/o amorales, sí, en cambio, debería dejar a su marido. Nada que ver con el tema, claro ... pero la traición hacia su compañero de toda la vida no tenía justificación alguna.
Nunca supo Nacho si la doña empezó a llorar histéricamente porque la trató de inmoral y/o amoral o de traidora. Pero esos mohines, llantos y grititos lo llevaron, naturalmente, a llenar los oídos de la dama con un grueso y carrascoso “ ¡¡ andá a lavarte las tetas y a hacerte dar por un burro, gorda brisca !! “.
Decidió en ese momento, confiar en que el viento no tiraría los cables. Que no habría apagón. Que el despertador eléctrico y sin pilas, sonaría a las 5 y 20. Y descolgó el teléfono. La historia de la trola era aburrida ... no tenía ningún interés en seguir fumándosela.
Subió el volumen de la radio. Se persignó una vez más, como siempre antes de dormirse.
Todo resultó de maravillas. Ignacio se durmió en seguida. Se despertó con el tututú del radio-reloj, levantó a su hijo y lo acompañó a la escuela. El ómnibus partió hacia Colonia poco después de las seis.
Volvió a la cama. Bajó el volumen de la radio y cambió de estación. El casi inmortal Villegas estaba dando las noticias en El Espectador. Una de esas noticias hizo que Nachito se persignara una vez más. M.D., oriental, casada de 40 años, se había arrojado (o la habían arrojado) del balcón de su apartamento de un noveno piso, en Pocitos. Tanto su hermano, de iniciales J.D. y 37 años como el esposo, A.S. de 49 estaban detenidos por orden del Juez de turno. Los sujetos tuvieron un serio altercado, aparentemente minutos después de que la mujer se hiciera bosta contra el piso. Uno u otro podrían haber ocasionado la tragedia y el restante agredir al presunto asesino, en reacción. Los hechos se habrían producido alrededor de las 2 de la madrugada.
El frustrado escritor de cuentos cambió de estación ... le interesaba saber si Recoba jugaría o no el sábado siguiente, frente a Chile.
Al ratito, se levantó inquieto en busca de algún cigarrillo olvidado por ahí, algo que se fumara. Al pasar frente al cuadrito de la mujer roja de postura gatuna, creyó ver que la comisura de sus gruesos labios se había inclinado un poco hacia arriba, en uno de sus extremos.
Le chupó un huevo, por supuesto. El otro testículo se lo chupó el no haber escrito nada horas atrás, por culpa de (o “gracias a”) la llamada de esa gorda trola y retardada que decía “obio”, “compá” y “reló” y que terminó reventada contra las baldosas de Avenida Brasil.
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